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EN QUILLON

En el camino de alto, yendo para  cerro negro, anda el diablo, suelto y desenvuelto.

La vuelta que hoy ya no se utiliza, es bajada a un tiempo, y tiene ambos lados levantados.   El camino, al medio, por eso sirve como cauce a los vientos que suben del valle, vientos cuya corriente no tiene fuerza mas allá de las riberas del camino.    En ese rincón andaba el diablo – y debe andar todavía – cuando algún jinete llegaba al alto, veía en el atardecer o en la noche, un personaje negro o una luz que corría y se escondía en la gran piedra donde muy cerca, hay un crisol indígena (Incaico) con su secreto de siglos.

El personaje vestido de negro nunca dio el rostro a quienes lo vieron.

Y de repente saltaba al anca del caballo, que se estremecía de miedo pero seguía caminando.

De atrás el extraño personaje, que era el diablo, tiraba la manta al jinete.   Durante toda la bajada las manos satánicas pretendían, así, desmontar al que pasaba.

Soplaba el viento, las haldas de la manta flotaban hacia atrás con cierta violencia, por que el aire en movimiento así lo ordenaba.

Pero no.  Era el diablo que se divertía con el susto terrible de los viajeros.

Allí algo debe haber.    Se cambio la ruta.    Se dejo afuera la vuelta, esa vuelta, y nunca mas por el camino de ahora, que no tiene obstáculos a los lados, ha habido encuentros con el personaje negro que ya paso a la leyenda y al recuerdo.


Un Navarrete – los Navarrete y los Merino forman mayoría en Quillon- estaba una linda noche de Enero en el patio de su casa, de la calle dieciocho.    Ningún ruido en la noche. Ni siquiera una brisa, la charla familiar decaía cuando el violento correr de un caballo, puso a todos en alerta.    Nadie lo había oído antes.    Fue algo repentino.   Se detuvo frente a la casa de nuestro amigo que nos cuenta el caso.   Se oyó el ruido de un cuerpo cayendo al suelo, y se sucedieron unos quejidos espantosos y angustiosos.   Todos los perros del pueblo se pusieron a aullar.

Entonces el dueño de casa salio a ver lo que pasaba.    Nada había, ni caballo, ni persona alguna, ni bultos, ni huellas de ninguna clase.

De pronto dos silbidos extrahumanos, dos silbidos agudos, estridentes, terribles en una significación intraducible, dos largos silbidos cruzaron el ambiente.

Y el miedo que sobrevino a tanta cosa llena de misterio, dio a entender claramente, que era el diablo el que allí actuaba.     La noche clara, linda, sin ninguna nota objetiva que empañara su diafanidad, tenia que ser rota así, únicamente por el malulo.


Maria Vergara vive más abajo que el amigo Navarrete.    Una noche oyó el rodar de un coche que iba por la calle.   La misma calle del otro caso.     La noche era negra, negrísima.    Maria y sus acompañantes oyeron un silbido largo y extraño, que no podría salir de los labios humanos.   Tal era la sensación que producía.

A continuación oyeron como seguía rodando el coche.    Y salieron a aguaitar lo que pasaba.     Nada.    La noche profunda, sin estrellas, pero con un lamento de perros en todo el vecindario.   Un lamento, también lleno de notas extrañas.

Se oyó el trote de los caballos, al pasar el coche frente a la casa, los cascos de los pingos sacaron lucecitas de  a unas piedras.    Pero nada se vio.

Y no era que la noche estaba oscura.    A la luz temblorosa  de los candiles ninguna cosa se dibujó en la calle, sonaban los arneses y piafaban los caballos invisibles.

El diablo tenía que ser, entonces, el cochero, o el que viajaba en el coche.


El señor Pedro Ríos, dueño de un prospero almacén de abarrotes, confiesa que se tropezó dos veces, a altas horas de la noche con el diablo.

Llevaba este la forma de un perro negro, muy alto, tan alto que más “parecía un ternero”.

Ya en ocasiones anteriores le habían encontrado otros vecinos.   Y ante la mirada del perro negro, de gran tamaño y que caminaba silenciosamente, se habían llenado de pánico.    Ese terror que no deja hablar ni actuar.    El perro había pasado y clavado sus ojos, que brillaban como fuego, en cada individuo, que juro, cada uno, en su interior, no volver a salir de noche por las oscuras calles del pueblo, por linda que fuera la fiesta pasada y grata la invitación.

Pero desapareció la diabólica figura. ¿Qué se hizo?   No se la encontró más por nocheriegos y caminantes.

Lo curioso es que todo esto coincidió con el hecho, en cierto modo doloroso y, más que otra cosa, necio, que fuera envenenado el perro guardián de una quinta situada en el centro del pueblo.    Perro que salía en las noches a vagar alegremente, como un juerguista cualquiera, y que era negro y grandote como un ternero.

 

 

 

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